domingo, 6 de junio de 2010

El hogar de los años sin memoria

Mientras el sol de las tres de la tarde permanecía ardiente en el cielo, y todo en la ciudad parecía correr más rápido, llegué al lugar donde todo se detiene de repente. Un mundo aparte del tiempo, en el que sus habitantes viven en universos propios que han tenido que crear para poder vivir y soportar la rutina y la soledad. Al llegar, una gran reja verde me deja entrever sus actividades, que varían entre jugar parqués, fumar y mirar al infinito.

Javier, el fundador y encargado del hogar de ancianos Gerontosalud, ubicado en Prado Centro, sale a abrirme la puerta. Su aspecto me asombra, pues es un hombre de físico brusco: moreno, alto, grueso y con la piel un poco dañada. Cuesta imaginar que su pasión es darle vivienda, comida y compañía a 100 personas de la tercera edad, que antes vivían como habitantes de la calle. Me invita a seguir, y el frío me invade con apenas dar unos pocos pasos.

Entro a un gran salón más oscuro de lo normal, con una luz amarillenta y un fuerte olor a orines. Javier, amablemente, me termina de mostrar el primer piso mientras abraza o acaricia a las ancianas que se encuentra en el camino. En aquel gran cuadrado hay una pequeña sala, con un televisor casi igual de viejo que las siete mujeres que intentan verlo, y un comedor de madera en forma de U para unas 30 personas. Además se encuentra la enfermería, los baños y unas habitaciones. Una anciana, sin conocerme, se me acerca y me dice: “eres muy hermosa”. Sus palabras me dejan casi muda. “Tú también”, le respondo sin la menor ironía, pues el aspecto típico de una abuela, las arrugas y las gafas la hacen más hermosa que cualquier otra. A lo lejos veo a una mujer bastante sonriente, sentada en una silla de ruedas, quien me grita: “vení, sentate aquí”, y me señala la silla que se encuentra, vacía, a su lado. “ya voy”, le respondo con sinceridad. Pienso en la soledad que se respira en el ambiente, pero me imagino que no es un día de visitas y sigo conociendo el lugar.

Javier me invita a seguir por unas escaleras de barrotes blancos, y el olor se intensifica al doble. Esta vez, en el segundo piso, unos hombres de edad observan un gran televisor de plasma, y no puedo evitar pensar en la discriminación. Casi no notan mi presencia, pues están muy concentrados en lo que pareciera su nueva adquisición. Puedo ver las puertas de las habitaciones, los baños, y la decoración con algunas carteleras que les recuerdan momentos felices. El segundo piso tiene salida a un patio con la reja verde que se ve al llegar, pero me doy cuenta que desde adentro todo se ve diferente, todo se siente más lento. Unos hombres juegan ajedrez, y otros se sientan unánimes a mirar por la reja. Desde ahí, la ciudad veloz se ve como algo ajeno. Es un verdadero oasis de tiempo en medio del centro de Medellín.

Seguimos por unas escaleras similares. El tercer piso me recuerda a una casa familiar. Hay otra pequeña sala, donde tres hombres de unos 65 años se encuentran conversando, un comedor y varias habitaciones, cada una con camas sencillas tendidas de blanco y unas cortinas azul celeste que la hacen más amena. Escrito a mano, sobre cada cama, está pegado el nombre de su dueño. El ambiente es más iluminado y el olor cesa casi por completo. Los hombres voltean para saludarme sin prestarme mayor atención, y Javier procede a explicarme cómo fue que llegó a fundar el lugar por su amor a los ancianos.

Javier debe irse, y me presenta al enfermero Alejandro Ocampo, quien queda encargado del hogar. Él me lleva a la enfermería, ubicada en el primer piso, donde hay un escritorio improvisado. Es un joven de unos 22 años, con el pelo engominado y vestido de blanco. Cuesta pensar que trabaja ayudando a todos esos ancianos mientras podría estar haciendo lo que hacen los otros jóvenes de su edad. Sin embargo, demuestra que para ese oficio se necesita verdadera vocación, pues me cuenta que trabaja hasta hoy y que, luego de dos meses, presentó su carta de renuncia. Aunque Alejandro habla de Gerontosalud con un gran sentido de pertenencia, me doy cuenta que no es tan fácil como parece. “me voy a ir porque uno aquí se estanca, yo quiero seguir estudiando y aprender cosas nuevas”, dice Alejandro, y no puedo evitar darle toda la razón.

El enfermero me cuenta, con el entusiasmo de un primerizo, que el hogar empezó a funcionar con un solo paciente, en una casa muy humilde. Luego se trasladaron para esa gran casa y ahora tienen alrededor de 100 ancianos, a quienes les dan todas las condiciones para vivir dignamente sin pagar nada. Me cuenta que el hogar de Javier es financiado por el Estado, quien apoya su labor. Además, me cuenta algo de lo que no había caído en cuenta: en el primer piso están ubicadas todas las mujeres, ya sean dependientes o independientes. En el segundo piso, el que tiene el olor más fuerte y el balcón, están ubicados todos los hombres dependientes; es decir, los pacientes que no pueden valerse por ellos mismos debido a una enfermedad, ya sea corporal o mental. En el tercer piso, el que parece una casa, se encuentran los hombres independientes, es decir, los que todavía son lúcidos o están en las condiciones para salir cuando quieran e incluso trabajar.

En la enfermería Alejandro me muestra una estantería frente a nosotros, donde están todos los medicamentos marcados con el nombre de cada paciente y la hora. Todo está debidamente organizado, pues el tema de las medicinas es algo prioritario en el lugar. En ese momento llega un anciano.

-Alejandro, tengo mucho dolor en el pecho y mucha tos, póngame algo- le dice el hombre, que a simple vista parece estar muy bien.

-Ya voy, espéreme yo termino con ella y lo atiendo- le responde Alejandro.

-Atiéndalo tranquilo que yo me salgo- le digo yo, pensando que podría ser algo grave, pero en ese momento el señor se va.

-No tranquila, aquí todos se quejan por algo todo el tiempo. Por ejemplo tengo un paciente que todos los días viene con tos, yo le doy una cucharada de suero y se alivia-me dice entre varias risas que le produce recordarlo.

Ahí es cuando realmente me doy cuenta de lo difícil de la labor. 100 casos distintos, y hay que saberlos tratar a todos. Alejandro me cuenta que el único que no es anciano es el señor Jairo Zea de 40 años, quien nació con una parálisis infantil y un daño neurológico, lo que hace de él un caso bastante difícil de tratar, pues hay que estarlo moviendo de la cama todo el tiempo para evitar ampollas y estar pendientes de él.

Alejandro se encuentra solo en el hogar de ancianos ese sábado, pero me cuenta que la fisioterapeuta y la psicóloga que van todos los días hacen más fácil la situación. Incluso los practicantes de enfermería se encargan de arreglar a los ancianos y de cambiarles los pañales, lo que le parece una de las tareas más malucas.

Luego de conversar un rato, y ya entendiendo un poco más acerca del hogar, vuelvo a conocerlo, o mejor, a re conocerlo. Salimos de la enfermería, y la misma mujer en la silla de ruedas me invita a sentarme a su lado. “ya voy”, le respondo con ansias de conocerla. Subimos al segundo piso, y como por arte de magia todos notan mi presencia. Alejandro me presenta a Jairo Zea, un hombre con cuerpo de niño acostado en una especie de cajón ambulante. Jairo me hace mala cara y sus furiosos ojos azules hacen que me aleje inmediatamente y casi no pueda ni hablarle. De inmediato se acerca un hombre con dos vasos verdes:

-Buenos días, espíritu santo. Espíritu santo, sí, espíritu santo- me dice el anciano.

Alejandro le recibe los vasos verdes mientras yo pienso si es que me parezco al espíritu santo o es que estoy en un manicomio en vez de un hogar senil.

-Él se llama Jaime Castaño, pero le decimos espíritu santo- me dice Alejandro delante de él, haciéndome sentir un poco incómoda.-Tiene demencia senil, por eso sólo es capaz de repetir una serie de palabras como “espíritu santo”. Los pacientes con demencia senil (que casi siempre son los hombres) son muy difíciles porque se vuelven agresivos, pero uno se termina acostumbrando; lo raro es que casi siempre usan palabras religiosas, sería bueno que alguien estudiara eso.

Trato de hacer un análisis lingüístico-filosófico que no llega a ninguna conclusión, mientras saludo a algunos ancianos y vuelvo a salir al patio, o mejor llamada, la zona de fumadores del segundo piso. Allí, un hombre especialmente me llama la atención: en una mano sostiene una pipa y en la otra un inhalador. ¡Qué paradoja! No puedo evitar reírme un poco.

Alejandro, como buen anfitrión, me vuelve a llevar al tercer piso, donde aquellos hombres siguen conversando en el mismo lugar. De nuevo casi no notan mi presencia; su aspecto se ve mucho mejor que los del segundo piso. Allí, Alejandro me sigue contando historias y llegamos, casi inevitablemente, al tema de la muerte. “La tasa de mortalidad siempre es alta, aunque tenemos el cupo lleno, entonces cuando uno se muere, ¡queda un cupo libre!” me dice y suelta una carcajada, dándose cuenta de la ironía de sus palabras.

También me cuenta que los habitantes de Gerontosalud se la llevan muy bien, que incluso hay romances entre ellos. Me cuenta que Rosmira es la más enamorada, que un día lo cogió del cuello para darle un beso.

-¿cuál es Rosmira?-le pregunto.

-La que está abajo en la silla de ruedas. Tiene demencia senil- me responde, y de inmediato decido bajar a conocerla.

Como los ancianos de Gerontosalud eran habitantes de la calle, poco se sabe de sus historias, por lo que me dispongo a escuchar la de Rosmira y me siento a su lado. Su cara se ilumina al verme, como si fuera su hermana, su hija o conocida de toda la vida. Me siento a su lado e inmediatamente me empieza a conversar. Ella es una mujer de unos 75 años, con la piel trigueña, el pelo blanco y despelucado, y una sonrisa sin dientes más expresiva que cualquier otra. Tiene el aspecto de la típica “vieja loca” de una película, lo que me parece encantador.

Rosmira me cuenta que antes vivía en un hogar más bonito, una casa campestre rodeada de árboles.

-¿Y por qué te viniste para acá?-le pregunto.

-No quise, ¡me trajeron obligada!- dice y suelta una gran carcajada

Luego me pregunta dónde vivo, y se desespera por no saber dónde queda El Poblado. Le pregunta a todos los que pasan, porque por mi desubicación no le supe explicar cómo se iba de Prado Centro al Poblado (aunque creo que de todas formas no habría entendido). ¡Son unas “guevas”, ninguno sabe!, dice con rabia.

Luego de una conversación un tanto inverosímil e incoherente, Rosmira me pregunta:

-¿Al fin si se murió la esposa de Rojas Pinilla?

- No sé, no supe- le respondo con lo primero que se me ocurre, dándome cuenta de que lo de la demencia era cierto.

Después de esa pregunta, me siento en un diálogo de “Alicia en el país de las maravillas”, pero trato de seguir el juego. Le cuento que ya casi son las elecciones para presidente, pero por obvias razones no entiende por qué otra vez. La conversación parece volver a tornarse normal, y Rosmira me cuenta que tiene una hija, pero que la está criando el papá. “Él me prometió que si yo me quedaba aquí sentada, él se encargaba de ella”, me dice, pareciéndome lo más real que ha dicho, y logra conmoverme. “Ya lo quiere más a él que a mí”, dice.

-¿cuántos años tiene tu hija?-le pregunto.

-¿Años? ¡No! ¡Es que no tiene ni los tres meses! Me dice con una seguridad incomparable.- Es más, ¿cuánto es que dura la dieta después del embarazo? Yo no la estoy cumpliendo, ¡voy a volver a quedar!

Me deja sin palabras. Pero la conversación no termina, en ese momento pasa Alejandro por el frente, y Rosmira no puede evitar hacer el comentario: “Estos jóvenes tan queridos… lástima que aquí no nos dejen putearnos”

Trato de seguirle el juego, pero la conversación se torna cada vez más pesada, incluso me cuenta que su esposo se mantenía con las “putas” de Guayaquil y a ella le daba mucho asco. Deduje que había sido una prostituta, y sin importar qué de lo que me contó es cierto y qué no, agradecí que estuviera allí, por lo menos terminando su vida de manera digna. Rosmira me pidió que volviera, que nadie iba a hacerle la visita y que allá no había nada que hacer. Acepté, tratando de hacerlo también conmigo misma.

Luego de escuchar varias historias más, aunque menos trágicas, Alejandro me da las gracias por haber ido. Le pregunto cuál es el horario de visitas y me responde que ese era el momento. Sentí más fuerte a la soledad que invadía el lugar por ser la única visitante, pero tenía que irme. Dije adiós a todos ellos, dejando atrás esos universos únicos, esas vidas trágicas, monótonas y solas; pero me fui con la fuerte convicción de que en ese lugar están mucho mejor de lo que lo estarían y han estado en cualquier otro.

domingo, 23 de mayo de 2010

Utopía

Con la adrenalina corriendo por las venas y los nervios aún notándose, salimos al escenario. Era la última eliminatoria de Antioquia en noviembre del 2007 y teníamos que dar más de lo esperado para pasar a la gran final en Bogotá. Todavía sin creer hasta dónde habíamos llegado, nos invadía una mezcla de vértigo y emoción. Entre guitarras, bajos y baterías, dimos todo de nosotros.

Unos niños de aproximadamente 9 años se robaron gran parte del público por su corta edad y su música pesada, se hacían llamar Black panther y debo aceptar que su nombre era mejor que el de nosotros. Otras bandas muy numerosas, que nos superaban en edad, hacían melodías casi perfectas con una cantidad de instrumentos que me es imposible nombrar.

Todo quedó en silencio. Las demás bandas, junto a nosotros, esperaban el veredicto final. La tensión llenaba el ambiente. Sentí náuseas. De repente se oyó la voz del jurado luego de nombrar a los semifinalistas, que no ganaban nada: “…y finalmente… quien se va para Bogotá es… ¡Grow apart!”

No lo podíamos creer. En ese momento me pareció haber escuchado mal. Pero así era: Vero, Juanca, Zato, Pipe, Lucas, Camilo, Mafe y yo éramos la mejor banda del concurso e íbamos a representar a Antioquia en Bogotá. ¡Ganamos! Ronald, nuestro director, nos abrazó como si fuéramos sus hijos, lleno de orgullo después de tantos meses de trabajo. Por haber creído en nosotros, también fue un gran logro para él. Ahora me pongo a pensar qué fue lo que nos hizo ser los mejores luego de tantas eliminatorias. Tal vez la letra de nuestra canción Utopía por su sentido social o la energía que le imponíamos al tocar, pero probablemente era esa mezcla de metal melódico con voz de coro que nos hacía únicos.

Sólo me bastaba con oír gritar ese extraño nombre: Grow apart, que aunque sonara infantil y algo reprimido, me llenaba de orgullo. Era mi banda, y aunque no éramos Guns n Roses, o Metallica, era la mejor. El significado realmente no era crecer aparte, sino crecer en la música, pero nadie nunca lo entendió. Yo me desempeñaba como guitarrista, junto a Mafe y Pipe.

Manteniendo la sencillez que nos caracterizaba, pero tratados como artistas, nos subimos al avión la semana siguiente, el 2 de noviembre de 2007 rumbo a Bogotá. Nuestros fans: los padres y amigos cercanos, nos acompañaban, ya fuera en carro, en bus, o en avión, pues ninguno se podía perder un acontecimiento de tal magnitud.

En Bogotá nos esperaban los organizadores del evento, algunos representantes de la emisora Los 40 Principales y el patrocinador, Bon Bon Bum. Nos llevaron al Hotel Dann Carlton, donde nos encontramos con bandas y solistas de todo el país, que, injustamente, competían en una misma categoría. Una barranquillera pelirroja, de unos 16 años, nos deleitó con su voz de soprano interpretando “Por ti volaré” de Andrea Bochelli en un ensayo improvisado. Nos llevaba, sin duda, muchos años de trayectoria. Estaba también un dúo de Bogotá compuesto por una cantante que se robó al público por su belleza (incluyendo a los de mi banda) y un guitarrista que la acompañaba. Según pude escuchar, interpretarían Big girls don´t cry, un éxito del momento. También integraba el concurso una banda de niños que sí logró convencer al jurado y Juan Camilo, un joven ciego con una voz impresionante, entre muchos otros.

Esa tarde hacía frío, pero con una chaqueta fue suficiente. Nos llevaron a comer hamburguesa a El Corral, pero sentimos como si fuera el restaurante más elegante de Bogotá. La invitación incluyó a nuestros padres, lo que fue un gran gesto de amplitud por parte del evento. Luego nos llevaron a un programa de tv para jóvenes, del que no recuerdo el nombre, pues era de un canal local que no existe en Medellín. Allí nos preguntaron de qué se trataba el evento, hablamos un poco de moda y como presentadores improvisados, invitamos al público bogotano a que asistiera.

A las 8:00 de la noche, de vuelta en el hotel, nos reunimos en el lobby. Ronald, más como amigo que como director, nos llenó de ánimos. “Somos la mejor banda de Colombia, ustedes lo saben. Sin importar qué ganemos, nadie va a cambiar eso”. Sus palabras nos llenaban de fuerza, nos hacían sentir los mejores. Su experiencia en el ámbito superaba los escasos 24 años que tenía. Para nosotros era la columna vertebral de la banda: nuestro director, arreglista, músico suplente, ingeniero de sonido y más importante, amigo. El único que fue capaz de mantener unidos a ocho estudiantes de 16 años con las personalidades más diversas. Debo agradecer que en ese aspecto, yo era la más neutral.

Esa noche dormí con las mujeres de la banda: Mafe, la guitarrista, que tenía una gran influencia gótica y Vero, la vocalista, que se sentía fuertemente atraída por el rosa. Los hombres estaban en otra habitación, pues por cosas obvias de la cultura y la edad, no debíamos dormir juntos; Sin embargo, para nosotras eran cinco hermanos más. La alarma sonó a las 6:00 de la mañana, y el gran día había llegado. Por primera vez en mi vida no me importó madrugar. Me levanté como si hubiera dormido dos noches seguidas, aunque el cielo, aún oscuro, profesaba un día helado típico de la ciudad. Nos recogerían a las siete para llevarnos a arreglar nuestros equipos, probar el sonido, y todos los requerimientos previos, mientras nuestros familiares y amigos dormían plácidamente esperando al evento que se llevaría a cabo más o menos a las seis de la tarde.

A las 6:55 estábamos todos en el lobby, incluyendo a los demás participantes. Llevábamos una camisa negra con el nombre de la banda, lo que nos hacía ver algo graciosos. El bus nos recogió a las 7:05 para llevarnos finalmente al lugar donde cumpliríamos nuestro sueño: la carpa cabaret del coliseo el campin. La lluvia hizo que todos cayéramos profundos en el bus, y que el viaje de casi una hora, no se sintiera.

La enorme carpa azul, soportada por grandes tubos de hierro, nos esperaba con los brazos abiertos como lo ha hecho con la cantidad de actores, músicos y deportistas famosos que han pasado por allí. El interior tenía una tarima de madera con todo tipo de bafles y cables esperando por nosotros. También había un pequeño camerino, donde debíamos esperar para hacer la prueba de sonido y, además, nos permitía resguardarnos de la fuerte lluvia que caía en ese momento. El camerino era un salón blanco, con algunos espejos, sofás y cojines para hacer más cómoda la estadía. Nos pusieron una manilla de mireya roja, que aún conservo, lo que nos hizo sentir un poco más importantes y yo agradecí porque combinaba perfectamente con mi guitarra roja y blanca.

En el camerino dormimos, conversamos y conocimos a los integrantes de las otras bandas, pero había un problema con el sonido, como es lo habitual, lo que estaba retrasando mucho la prueba. La lluvia amenazaba con tornarse más fuerte, lo que nos preocupaba por la asistencia de la gente. Si no era fácil que alguien asistiera a un evento de bandas y solistas desconocidos, era aún más difícil que lo hiciera con esa fuerte lluvia. Aunque para nosotros, lo más importante era que asistirían nuestros amigos y familiares, que por lo menos se sabían el coro de la canción: “Y ¿qué pasa?, ¿dónde se quedó el amor?, ¿será que una fuerza extraña se ha robado el valor?.. Y ¿qué pasa?, ¿ya no crees en la magia? ¿Has perdido tus sueños, o has perdido tus alas?”

Alrededor de las 2:00 de la tarde logramos hacer nuestra prueba de sonido. Sobre la tarima, la carpa se volvió unas 10 veces más grande, y nosotros, unas cinco veces más pequeños. Aunque sin nervios por la soledad que se respiraba allí, Ronald nos dio las indicaciones y dejamos todo nuestro sonido como debería ser: guitarras con distorsión, pedales para acústicas, y esa cuestión de brillos, matices y ecos que no acabo de entender. Quitándonos un peso de encima, nos dedicamos a esperar a los otros concursantes.

Más o menos una hora después, el cielo se empezó a tornar más oscuro, y la lluvia se convirtió en granizo. La chaqueta y el camerino ya no eran suficientes para tapar el frío que nos helaba las manos. En un abrir y cerrar de ojos, el rededor de la carpa se había tornado blanco por causa del intenso granizo que azotaba fuertemente el techo de lona. Los participantes nos dedicamos a jugar con la improvisada nieve como si estuviéramos en Europa, o en Canadá. Hicimos muñecos de nieve, nos tiramos bolas, y esas cosas que suelen hacer los niños en invierno. Sin embargo, el juego no duró mucho.

El techo se tensaba cada vez más por causa del granizo que continuaba sin cesar. El hielo y el agua se empezaron a entrar por pequeñas hendiduras que le lograron hacer a la carpa, como pequeños intrusos que querían destruir el evento. Sentí un poco de miedo. El gran techo de lona cargaba tanto peso que ya no soportaba, y las hendiduras cada vez eran mayores. Los participantes empezaron a correr por todo el lugar, tratando de hallar un lugar seco. Me quedé paralizada, como en esos momentos en los que no sé qué hacer.

-¡Naty correte!- me gritó Juan Manuel, uno de los amigos de la banda, empujándome bruscamente hacia adelante

-¿Qué pasó? –le pregunté con el tono de tranquilidad, y a veces lentitud que me caracteriza, como si nada estuviera ocurriendo allí.

Sin poder acabar de pronunciar mis palabras, el techo de lona se vino abajo justo en el lugar en el que me encontraba. Los soportes temblaban, el techo estaba destruido y el piso cubierto de un hielo resbaladizo. Las personas corrían desesperadas. Sentí pánico por no ver a nadie conocido. Nos gritaron que corriéramos hacia la salida, pero por mi desubicación no la encontré. Finalmente vi a los de la banda, a quienes pude alcanzar y correr hasta la salida, donde la carpa se terminó de destruir. Y ahí estábamos, frente a la carpa que había acogido a tantos artistas, como si no hubiéramos sido lo suficientemente buenos para ella.

Con el escenario destruido, pero sanos y salvos, nos llevaron de vuelta al hotel. El camino se hizo más largo debido a la lluvia, mientras me invadía una inmensa preocupación mezclada con tristeza e incertidumbre. ¿Cómo podíamos ser tan de malas? Mi sueño estaba a un paso de esfumarse, todo por culpa del torpe e inoportuno granizo que no estaba de nuestra parte. Solo nos quedaba esperar. Aunque el tiempo en el hotel se hizo largo, agradecimos poder dormir un rato y tener a nuestras familias que se encontraban allí para darnos apoyo. Sin embargo, las horas se hacían cada vez más pesadas y largas. Hacia las seis de la tarde, nos contaron la noticia: aunque no íbamos a tocar en ningún coliseo gigante como la carpa cabaret, la discoteca Kúkaramakara nos esperaba con todo el gusto a las siete de la noche. Teníamos dos horas.

Luego de esa montaña rusa de emociones, volvimos a sentir felicidad. Nos arreglamos, las mujeres nos maquillamos y nos vestimos para el evento de modo que no se nos notara la fatiga. El bus nos volvió a recoger, esta vez, directo a la gran final en Kúkaramakara, esperando que nada malo sucediera.

La discoteca nos recibió con todo el calor que no habíamos podido encontrar en todo el día. Afuera, sin creerlo, había una fila de gente más o menos de una cuadra, esperando para entrar. Firmé un autógrafo, pero no pude evitar morirme de la risa y no tomarlo enserio. La discoteca se llenó de gente y el concurso por fin empezó. La barranquillera nos quitó ánimos por su voz casi celestial, demostrando que podía interpretar tanto ópera como música comercial. Juan Camilo nos hizo llorar con una canción religiosa, Tekila cantó dos éxitos de tropi-pop y otra banda nos sorprendió por su habilidad con los instrumentos.

Era nuestro turno. Y ahí estábamos. Ocho estudiantes comunes de colegio esforzándose al máximo por obtener un reconocimiento que para ellos significaba todo. Fatigada, pero todavía con la esperanza de cumplir un sueño, me colgué la guitarra, que combinaba con alguna prenda de vestir de color rojo previamente elegida. No me pesó en absoluto, pues la emoción no me dejaba pensar en nada más. Las luces se encendieron. Y la voz de Vero sonó más hermosa que nunca.

-¡Buenas noches kúkara!, estamos muy felices de poder acompañarlos hoy. Nosotros somos Grow Apart de Medellín. Las canciones que vamos a interpretar son: Utopía, compuesta por nosotros y Zombie, de Cranberries. ¡Esperamos que les guste!

De repente solo éramos nosotros: un piano, precedido por unas guitarras, un clarinete, un bajo, una batería y una voz que formaban un todo: Utopía. Juanca hizo su virtuoso solo de piano, donde bajaba su instrumento para que la gente pudiera ver lo que hacía. Les encantaba. Pipe, Mafe y yo, nos volvimos una única guitarra entre solos, ritmos y melodías, acompañados por el bajo de Lucas, que nos daba toda la fuerza. Camilo le dio su toque de intelectualidad a la canción con el clarinete y Zato, encerrado en un cubículo de vidrio, hizo vibrar el establecimiento, trasmitiéndole la energía de su batería, lo que nos hacía tocar más fuerte. Vero terminó de hacer el complemento perfecto con su hermosa voz.

Ya todo estaba hecho. Sin importar el premio que nos lleváramos, habíamos cumplido nuestro sueño. Como nos había dicho Ronald, éramos la mejor banda del mundo y nada iba a cambiar eso. Nos abrazamos, reímos y seguimos sintiendo la adrenalina corriendo por las venas luego de tocar. Nuestros amigos nos felicitaron, sentían el logro como suyo, y lo era, pues sin ellos no hubiéramos llegado hasta ahí.

Pero llegó la hora final. Yo estaba mucho más tranquila que en la final de Antioquia, pues ya sentía que había cumplido con todo. Me sentía totalmente satisfecha con nuestra actuación y sabía que la competencia estaba muy difícil. Los de la banda nos encontrábamos ahora de espectadores ante el jurado.

-Bueno, se llegó la hora muchachos- dijo el jurado

-Tranquilos, hicieron lo mejor- nos decía Ronald.

-En segundo lugar…¡Juan Camilo!

Nos alegramos. Era la mejor muestra de superación personal, pues pese a su incapacidad visual, había llegado hasta ahí con nosotros y se lo merecía todo. Pero la espera aún no había terminado.

-Y el ganador es… ¡Daniela Mass, de barranquilla!

La pelirroja con la mejor voz de todo el concurso salió orgullosa a recibir su premio tan merecido. Nosotros, algo aburridos pero seguros de que hicimos lo mejor, nos sentimos felices por ella.

No nos llevamos ningún trofeo, ni el dinero, pero sí el reconocimiento de que fuimos la mejor banda del concurso. Uno de los organizadores que nos cogió mucho cariño, nos confesó que escogían solistas porque les salía más rentable que una banda tan numerosa, lo que, para ser sincera, nos hizo sentir mejor.

Aunque no fuimos los ganadores, volvimos al hotel con la cabeza en alto, felices y seguros de que hicimos lo mejor. Allá recibimos más felicitaciones, abrazos y una buena comida por parte del concurso. Esa noche todo volvió a la normalidad. Nos reímos, hablamos, recordamos la trágica historia y casi sin darnos cuenta, estábamos al otro día de nuevo en el aeropuerto, con nuestra vida normal, rumbo hacia Medellín.

94 años de juventud

Hay quienes le temen a la vejez aun más que a la muerte. También quienes hacen todo lo posible para no llegar a ella, como si fuera sinónimo de sufrimiento, soledad o enfermedad. Sin embargo, hay una mujer a quien todos ellos deberían conocer: una mujer que además de que la vida le dio el regalo de vivir 94 años junto a una gran familia, no le pasan los años; una mujer que permanece estática en el tiempo, viendo como todo transcurre, deviene, nace y muere. Una mujer que es hermosa en su naturalidad, goza de completa salud y que cualquiera, sin importar la edad, envidiaría su condición de vida y felicidad.

Esperanza Roldán Mejía nació en Titiribí, Antioquia, el 10 de noviembre de 1915, siendo la menor de cuatro hermanos. Su madre, María Teresa Mejía murió de angina cuando ella nació. Su padre, Jesús Antonio Roldán, murió al poco tiempo, por lo que sus hijos tuvieron que tomar rumbos diferentes y sólo se reencontraron muchos años después: a su hermana María Antonia la llevaron a un internado; a María luisa donde Teresita Arango Uribe, una señora soltera muy adinerada. José María, su hermano, estuvo en muchos lugares y casi no se sabía nada de él.

A Esperanza la llevaron a casa de su tío Ramón Roldán en Sabaneta, a la edad de tres años. Sin embargo, allí le pegaban mucho, por lo que se fue a vivir por cuenta propia a la casa de los vecinos donde pasaba la mayoría de las tardes: el profesor José María Ceballos y su hija, Lucrecia. Fue ahí donde finalmente pudo encontrar un verdadero hogar luego de unos años tan difíciles. Al poco tiempo, José María se casó y se fue de la casa, por lo que Esperanza se quedó viviendo con su hija Lucrecia, pasando la mayoría del tiempo ayudando en los quehaceres domésticos. Lucrecia se casó con Antonio Escobar, más conocido como Toño.

La casa de los Ceballos era una construcción típica antioqueña: una casona grande de bareque pintada de verde, con piezas amplias, corredor y un solar que llegaba hasta la quebrada La Doctora. Esperanza recuerda que había un mico llamado Macario que le hacía la vida imposible. “Yo pasaba corriendo a coger mandarinas o naranjas y se me olvidaba que el mico estaba ahí y me rompía los vestidos, me rayaba y me volvía nada”. También recuerda que era una persona muy aliviada, y que la única vez que estuvo en la clínica fue cuando se le derramó un agua hirviendo en el estómago, pero el percance no pasó a mayores. No tuvo fiesta de primera comunión, pasó el día con un vestido prestado, y aunque nunca tuvo muñecas ni juguetes y solamente la entraron a estudiar por seis meses, para ella los Ceballos fueron su familia y un buen hogar donde pudo pasar su niñez.

Durante la juventud, Esperanza salía con sus mejores amigas: Clementina Vásquez y Tulia Mesa, con quienes iba a arreglar la iglesia de Sabaneta y a repartir insignias los domingos en un kiosco: unas pequeñas tarjetas que se pegaban junto con un clavel en el saco de los hombres. Ella era una joven muy hermosa y bastante pretendida por los hombres, que incluso tuvo tantos novios que le es imposible recordar el número. Especialmente recuerda al Mono Sierra, quien la conoció en el kiosco, cuando tenía 16 años, y le pidió que se casara con él. Esperanza aceptó sin estar enamorada, por lo que luego se puso a pensar en cómo se iba a casar con un hombre que ni sabía bien quién era y se arrepintió de la decisión. Cuando el Mono llegó, ella le contó la nueva noticia, que no fue para nada de su agrado y le dijo: “Usted tiene que ser mía porque ya me dio la mano”. A lo que Esperanza respondió: “no, uno le da la mano a todo el que saluda”, lo que hizo que se pusiera aún más furioso. Esperanza pasó mucho tiempo sin salir por miedo a su reacción, pero luego se lo encontró en la calle finalmente aclararon la situación.

Poco tiempo después, a los 18 años, Esperanza tuvo un novio llamado Jorge Palacio, quien trabajaba en Curtimbres Sabaneta, (donde queda actualmente el éxito) y vivía cerca de su casa. “Él era muy bien vestido pero no tan apuesto”. Sin embargo, durante la relación con Jorge, la familia Ceballos decidió irse a vivir a Salgar, Antioquia, por lo que Esperanza debió irse con ellos. Allí tuvo una relación con un ganadero muy apuesto, pero sólo duró un mes, pues Jorge fue a buscarla para pedirle que se casaran, luego de aguantar un largo viaje en tren, y fue quien finalmente logró obtener su mano.

Esperanza se devolvió a Medellín para realizar los preparativos del matrimonio. Por ese tiempo, se fue a vivir donde las hermanas de Toño Escobar por un mes. Sin embargo, no recibió ninguna ayuda de la familia Ceballos para su matrimonio, ni siquiera un regalo. Por el contrario, las primas de Jorge fueron quienes se encargaron de atenderla e incluso fabricarle todo el ajuar necesario para casarse. “Si hay buenos puestos en el cielo, allá está esa familia”.

Cuando todo estuvo listo, se llevó a cabo el primer matrimonio de la iglesia de Sabaneta, hecho que siempre va a ser recordado tanto por su familia como por la gente del barrio. Esperanza y Jorge hicieron historia. Los matrimonios se hacían regularmente en Envigado, pero ellos lograron hablar con obispos que finalmente les concedieron el honor de ser la primera pareja en casarse en esa iglesia.

La pareja se fue a vivir a una casa que les prestó Rubén, el hermano de Jorge: una casa campestre en Sabaneta, donde esperanza recuerda especialmente a las brujas que les hicieron la vida imposible, mujeres que estaban enamoradas de su esposo. “se sentían ruidos, nos tiraban los cristales al suelo, y cuando mirábamos todo estaba en orden, sentíamos taconeos por el corredor, nos apagaban una lámpara que le prendíamos a san Cayetano, se reían duro en el gallinero… y no fue sino casarnos para todo eso.” Ella recuerda esa etapa como algo horrible, pero finalmente le dieron la receta: debía poner cuchillos y tijeras debajo de la almohada, decir palabras en voz alta y no mostrar miedo. Desde que hicieron eso las brujas no volvieron a aparecer, pero para la familia fue una época muy dura, donde ni siquiera podían dormir tranquilos.

La familia habló con Rubén y le explicó que no querían seguir viviendo ahí por lo sucedido con las brujas. Rubén les dijo que se pasaran tranquilos, que él les ayudaba a pagar una casa en otra parte. Esperanza y Jorge se fueron a vivir a una casa en el parque de Sabaneta, pero la ayuda económica de Rubén sólo duró un mes. Por el contrario, le ayudó a Jorge a conseguir un puesto como maquinista en el Ferrocarril de Antioquia para poder pagar la casa. Desde ese momento, la vida de Esperanza dio un gran cambio, pues su esposo estaba la mayor parte por fuera de la casa y ella se quedaba sola en la casa.

A los pocos años nació Guillermo, su primer hijo, quien fue muy enfermo en su niñez. Fue atendida por una vecina que era partera, como era lo habitual. Jorge no estuvo en su nacimiento, como en el de casi ningún otro hijo debido a su ocupada labor. Al año, volvió a quedar en embarazo de Darío y al año siguiente de Gabriel, sin ninguna complicación. Cuando iba a tener a su cuarto hijo, la partera se dio cuenta que eran gemelos, por lo que sólo fue capaz de sacar al primero. Jorge, que se encontraba en la casa en ese momento, fue corriendo en plena tempestad a pedir prestado el único carro de Sabaneta al señor Jorge González para recoger a un médico en Envigado, pues esperanza estaba perdiendo mucha sangre y el niño se estaba muriendo. El médico logró sacar al segundo niño, pero ya estaba muerto.

- ¿Era niña? Preguntó Esperanza.

- No, era un hombre, contestó el médico.

- -¡Ah! ¡Siquiera se murió, otro hombre!

La familia quería tener una niña. Al poco tiempo esperanza quedó en embarazo y nació Luz Elena, ayudada esta vez por un médico. Ella se convirtió en la más querida sobre todo por su padre. “Jorge era muy bravo, pero no se puede hablar de él delante de Luz Elena porque se pone brava.” Dice Esperanza. Con la nueva hija, esperanza se pudo tomar un poco más de tiempo para criarlos sin quedar en embarazo tan rápido. Mantenía una empleada que le ayudaba. “Ligia era un amor, hasta se llevaba a los niños los domingos para la casa de ella”.

A los dos años quedó en embarazo nuevamente y nació Yorgi, un nombre que la cautivó desde que lo escuchó la primera vez. Sin embargo, el cura le dijo que no lo podía llamar así porque no era un nombre español, por lo que lo llamó Jorge, pero para su familia siempre será Yorgi. Al poco tiempo volvió a quedar en embarazo. Cuando se acercaban los nueve meses, se levantó a las 12: 00 de la noche, se dirigió a la cocina a calentar agua debido a los dolores, y para su sorpresa, en niño nació en ese momento: se le cayó al suelo en la cocina. Pero no pasó a mayores, Álvaro fue un niño sano como todos sus hermanos.

Esperanza no quería tener más hijos, pues consideraba que con esos ya era suficiente, por lo que se dirigió donde el cura de Sabaneta para pedirle algún consejo o método de planificación. El único que estaba permitido era el de la iglesia: tener relaciones antes y después de la menstruación, pero para Esperanza era imposible, pues Jorge llegaba de manejar el tren en cualquier momento.

-Padre, yo ya no puedo más, ¿con que planificara yo para no tener más hijos?

-Los que no va a tener aquí los va a parir a los infiernos- le respondió el cura, y Esperanza no tuvo nada más que hacer.

La familia se fue a vivir a una casa grande en el barrio Mesa, en Envigado que costó 5.000 pesos, con piso de baldosa y baños de inmersión. Ahí Nacieron Irene, Rubén, Olga, Mariana, y Ramiro. Ángela fue la única que nació en un hospital con todas las comodidades, pues el doctor se lo recomendó. “No me dolió nada, así puedo tener otros diez hijos” dice Esperanza. En el barrio Mesa también tuvo dos abortos. “Ligia se había ido para sabaneta con los niños, cuando yo estaba trapeando el corredor y me empezó a salir mucha sangre, pero de milagro llegó Jorge en ese momento a llevar el pago, por lo que le tocó correr por el doctor Restrepo, quien terminó de sacarme todo, pero yo no sabía que estaba en embarazo.”

Los niños crecieron en el barrio Mesa junto a Esperanza, Jorge continuaba con su trabajo como maquinista. Los hombres estudiaron en la escuela Fernando González de Envigado, y las mujeres en la Pío XII. Era un hogar libre, donde estudiar era elección de cada uno. Años más tarde, Guillermo se dedicó a trabajar para ayudar en la casa, Gabriel y Álvaro estudiaron ingeniería de minas en la universidad Nacional, Irene fue religiosa y más tarde estudió enfermería, Mariana diseño y sistemas; Olga era delineante y Ángela administradora.

Cuando la mayoría de sus hijos se casaron, en 1987, Olga empezó a ahorrar para comprar un apartamento nuevo. Se pasaron a vivir a El Portal del Valle, a un edificio muy acogedor en Envigado. Allí se fueron a vivir Esperanza, Jorge, Olga y Ángela luego de vender su casa en el barrio Mesa.

Al estar viviendo en El Portal, a Olga le contaron que iban a regalar a una niña de concordia porque su madre la abandonó. Esperanza apenas supo la noticia decidió acogerla en su casa como una hija más. Cuando llegó, “Angelita” estaba completamente desnutrida, no conocía un cepillo de dientes, era muy pobre y acostumbrada a la vida en el campo, incluso había comido pasto. Parecía de diez años pero tenía quince. Apenas acababa de llegar cuando hubo una gran tragedia en la familia: en 1987 mataron a Rubén en el depósito de materiales donde trabajaba, por robarle. Fue un golpe muy duro que sólo el tiempo junto con la unión lograron superar. En el hogar de los Palacio Roldán, Angelita estudió en el colegio Teresiano y luego entró a la Remington a estudiar Gerontología, para cuidar ancianos.

En el 2002, a Olga le descubrieron cáncer de hígado, lo que fue otro golpe muy duro para la familia. Angelita la cuidó todo el tiempo hasta su muerte dos años después. En el 2003 murió Jorge luego de trabajar toda su vida. “murió de viejo”, dice Esperanza. Aunque todos dejaron un gran vacío, la familia demostró que estando unida se pueden superar todas las adversidades.

Angelita nunca terminó la carrera, y la situación con sus novios se estaba volviendo muy difícil de manejar por la diferencia de edades entre ella y Esperanza. Luego de haber vivido quince años allí, Angelita decidió irse dejando una carta de agradecimiento a toda la familia. Pasó mucho tiempo sin que ella volviera a visitarlos, ni se supiera casi nada de ella, pues le daba pena el haberse ido así. Sin embargo, al cabo de un tiempo, volvió a visitarlos y aún en la actualidad va con frecuencia.

Con la partida de Angelita fue muy difícil encontrar quien cuidara a Esperanza, pues ya todos los hijos se habían casado y ella vivía sola, como se le prometió que siempre iba a ser la “reina de la casa”. Por la casa pasaron muchas empleadas que no permanecían mucho tiempo, pues era una casa donde iba mucha gente todo el tiempo: hijos, nietos, sobrinas, bisnietos, yernos y nueras la visitaban a diario. En el 2002, Luz Elena sufrió una crisis económica, por lo que se acordó que se fuera a vivir, junto con su familia, a la casa de su madre.

Ahora, a sus 94 años, Esperanza vive con Luz Elena; su esposo Alberto; y su hija, Catalina, quienes además de acompañarla la cuidan y están pendientes de ella. Esperanza se levanta a las 10:00 de la mañana, se toma un jugo de papaya y un omeprazol. Reza varias oraciones, rosarios y novenas. Antes del almuerzo se baña con la ayuda de Luz Elena, se echa crema de manos en todo el cuerpo y se viste. Luego se sienta en la sala a continuar con sus oraciones diarias. Almuerza algo liviano y hace la siesta a las 3:00 de la tarde, luego se levanta a rezar la Divina Misericordia. Luego se sienta en la sala a esperar a su familia, que la visita a diario, para jugar dominó. La noche pasa entre juegos, risas y conversaciones, donde esperanza espera ser la reina del dominó por ganar diez juegos seguidos; todos juegan con ella pero muy pocos le ganan. A las 9:00 de la noche se acuesta con la ayuda de un medicamento con el que duerme placenteramente toda la noche.

A Esperanza le gusta mucho salir, sus lugares favoritos son la finca de su hijo Ramiro en San Jerónimo y la casa de su hija Irene, en El Retiro. Siempre está lista para un paseo. Los fines de semana van a su casa “las viejitas de la comunión” a darle la hostia santa. También recibe a Angelita, que con todo el gusto y la gratitud la va a visitar como una hija más.

Entre sus comidas favoritas están las gomitas y el helado, que le gusta ofrecerle a todo el que va a visitarla. Tiene el azúcar perfecto, condición que envidiarían muchos menores que ella. Reza para que gane el Deportivo Independiente Medellín, equipo del que se declara hincha. Habla de política, cree fielmente en Dios y en santos como Santa Rita y el Señor de Buga, pero afirma que Santa Marta no sirve para nada. Esperanza es una persona totalmente lúcida, que sostiene cualquier conversación con el carisma que la caracteriza. Desde que murió su hija Olga, tiene una fundación con la ayuda de su nuera donde se reparten alrededor de 200 mercados mensuales a familias muy pobres, pues ayudar es algo que siempre la ha hecho feliz. Siempre tuvo claro que no iba a cuidar nietos, a pesar de todo lo que los quiere, “los traen con ustedes, pero no me los dejan”, dice. Siempre estrena ropa en las fechas especiales y la vanidad y el cuidado de su piel con cremas son algo que todavía está entre sus prioridades.

“Mi abuela es un ejemplo de bondad, es la muestra de que una familia unida puede superar cualquier problema. Se preocupa mucho porque todos estemos bien atendidos cuando vamos a la casa, es una excelente anfitriona. Se sabe los nombres de todos; se preocupa y reza porque todos estén bien. Ella es la columna vertebral de la familia, sin ella no seríamos una familia tan grande y tan unida, lo que es tan difícil de encontrar hoy en día. Todo es gracias a ella.” Comenta Esteban Quiceno, uno de sus nietos.

Esperanza tiene el cabello blanco y corto, todavía con algunas señas de negro azabache. Es una persona de contextura gruesa que se mantiene elegantemente vestida. Siempre usa aretas, reloj y accesorios que la hagan ver mejor. Su piel es suave, delicada; con unas pocas arrugas que han dejado marcadas tanto el paso del tiempo, tan lleno de alegrías y tristezas, de triunfos y derrotas, como 25 nietos y 12 bisnietos. Cualquiera anhelaría su aspecto tan vital, incluso es inevitable restarle al menos 20 años al conocerla. Esperanza tiene el aspecto de una abuela, solamente que no usa gafas porque ve casi a la perfección. En sus ojos se ven reflejados 94 años de vivencias e historias, que han hecho de ella un roble forjado por los años, cuya misión aún no termina.

Navegando en asfalto

Energía, amor y entusiasmo son las palabras con las que Juan Carlos Uribe empieza su día. Aunque tiene tres hijos, más los que considera suyos de corazón, vive solo en una casa campestre sin electricidad ubicada en la loma de Las Palmas, pues los años de marinero y hombre del mundo le enseñaron a disfrutar de la soledad y la naturaleza.

Este hombre de aspecto juvenil, cabello y ojos oscuros y sonrisa permanente se levanta a las 2:30 de la madrugada a orar un rato por la humanidad y sus seres queridos, pues “esta es la hora de contacto con los ángeles”. Luego se levanta antes del amanecer y da gracias por la vida. No cree en las religiones, menos en la católica por su doble moral. Pero esto no quiere decir que no sea un hombre espiritual, por el contrario, entre sus mejores amigos se encuentran un chamán experto en yagé y una clarividente musulmana; le gusta rodearse de gente sensible ante la vida, pero sobretodo buena y coherente entre decir, actuar y pensar. Luego de bañarse, Juan alimenta a sus peces ornamentales, riega las plantas y les deja comida a los pájaros que quieran visitar su cabaña, ubicada en medio del bosque, durante el día.

El sábado 13 de marzo de 2009, a las nueve de la mañana se dirige a su restaurante en su camioneta. En la parte de atrás del carro hay una calcomanía de un pez de río y otra de un tiburón rojo atravesado por una línea blanca, lo que da cuenta de sus dos grandes hobbies: la pesca deportiva y el buceo. Luego de unos minutos, llega a Buena Mar, el que es su segundo hogar. El restaurante está ubicado cerca de la plaza mayorista, en Medellín. En la parte de abajo hay una pesquera, donde se compra y se distribuye el pescado a los demás restaurantes. Es un lugar amplio, iluminado, con algunas vitrinas que exhiben el pescado fresco y una secretaria que toma los pedidos; la decoración incluye algunas clases de animales marítimos. Aunque parece que el lugar fuera una simple pesquera, en una de las esquinas hay unas pequeñas escaleras azules por donde se sube al restaurante.

A simple vista, parece que las escaleras condujeran a un lugar secreto o desconocido, y que no asistiera mucho público. Sin embargo, basta con subir para darse cuenta de que Juan, con su carisma, amor y dedicación, ha hecho de él uno de los restaurantes más queridos de la ciudad. Al llegar, saluda a sus “Carboncitos”, las cocineras que le ayudan durante toda la jornada. En el primer piso del restaurante hay varias mesas de madera, frases sobre la vida, el amor y los valores; una pecera y tallas en madera, entre las que se destaca una de Poseidón, el gran dios del mar. Tallar madera pareciera un hobbie normal, que cualquiera puede hacer. Sin embargo, Juan tiene una gran habilidad, pues cuesta creer que lo que ahora es una sirena, un barco perfecto, o un cangrejo casi con vida, antes fue un pedazo de madera inerte. Tallar madera realmente es un arte que necesita de experiencia, paciencia y dedicación.

Juan se dirige a su oficina, un lugar oculto ubicado dentro del restaurante, pero que permanece con la puerta abierta para el que quiera entrar o simplemente sienta curiosidad. Las paredes de madera y la luz tenue la dan un gran toque de calidez al lugar. Allí Juan se dedica a estar en su computador, a enviarles correos a sus amigos, a tallar madera, o a descansar en su tiempo libre.

Su oficina tiene unas pequeñas “cámaras secretas” (pequeños huecos en la pared) por donde Juan mira a los clientes, pero sobre todo a las mujeres hermosas que asisten allí. “yo me enamoro todos los días, por eso me echan las novias. Soy un marinero, con un amor en cada puerto” dice con una amplia sonrisa en su cara.

Pero el encanto del lugar no acaba allí. El segundo piso del restaurante es idéntico a un barco. Las ventanas redondas con bordes metálicos, el piso color arena, las redes y la decoración hacen que el público se sienta como en un verdadero barco, donde la comida de mar termina haciendo el complemento perfecto.

Antes del medio día, cuando Juan ha terminado de organizar su restaurante de modo que se vea impecable, saca un tiempo para dictar un curso de asados de mar en la finca La Loma, ubicada en Envigado. Uno de sus “hijos adoptivos” Steven, lo acompaña. Luego de la sección de carnes es su turno. Allí se desenvuelve con el carisma, la alegría y la energía que lo caracterizan. Antes de hablar de pescados y recetas, dice que lo más importante en la vida es ser feliz, habla de la importancia de disfrutar la comida, de comer lento y hasta tiene un espacio para hablar de energías, chacras y temas de espiritualidad. Aclara que no es chef, pues aprendió a cocinar en sus años de marinero por todo el mundo, donde le tocaba hacer la comida para todos esos “grandotes” de la tripulación, lo que demuestra que la experiencia vale más que la teoría, pues nadie se atrevería a decir que no cocina igual o mejor que un chef experto. También explica que el secreto de todos los platos es agregarle un poco de salud, paz, bienestar y demás valores que se mencionan cada que se agrega un nuevo ingrediente. Las 45 personas que asisten quedan encantadas, y entre charlas, consejos y comida, Juan se despide para volver de nuevo a su restaurante.

Al medio día el trabajo aumenta. Los clientes empiezan a llegar a almorzar, muchos de ellos por recomendación y otros por la seducción que les produce el lugar cada que lo visitan. Se ven desde grupos de trabajo hasta familias y parejas de novios. Juan ayuda a cocinar y a atender a los clientes, los que también considera sus amigos. Bajo el lema de “cocina lenta” se pasa por cada mesa conversando con ellos, les recomienda algunos libros, les habla de la vida o los aconseja. “cuando veo a alguna persona triste le digo: muéstrame tu mano, y trato de decirle algo que la anime. Yo no sé quiromancia ni psicología pero veo que eso les ayuda y es lo que me hace feliz.”

Mientras las personas esperan el pescado gratinado, el seviche de atún o el arroz marinero, Juan les lleva libros o lecturas. En su repertorio hay desde el horóscopo chino hasta filosofía indígena, pasando por el yagé y poemas, pero todos ellos con una gran enseñanza para la vida. Los clientes leen con gusto el horóscopo y las risas maliciosas indican que se sienten identificados con él. Mientras tanto, Juan va pasando por algunas mesas degustaciones de platos nuevos por cortesía de la casa, lo que hace que los clientes se enamoren del lugar por esa familiaridad que se respira allí.

La hora del almuerzo termina alrededor de las tres de la tarde y Juan se va a su oficina a descansar un rato, con la satisfacción y la convicción de que dio lo mejor de sí de modo que los clientes se enamoraran aún más del lugar. En su oficina ve las fotos del viaje al Río Orinoco que realizó con su familia hace unos meses: los atardeceres, los grandes peces y las carpas hacen que Juan se relaje un poco después de un duro horario de almuerzo.

Con el pretexto de comprar las cosas que faltan para el restaurante, Juan se dirige al centro, uno de sus lugares favoritos. Allí se sienta cerca de El Hueco, se compra un delicioso jugo de guanábana “de carrito” con unos pandequesos y se dedica a observar a la gente que pasa por allí. Luego recorre el lugar mirando las artesanías, los cuarzos y las variedades, donde compra algunos regalos para su familia y sus amigos y algunas cosas para decorar el restaurante. “me gusta mucho comprar regalos, no me gusta llegar a ninguna parte con las manos vacías.” Mientras se dirige al pasaje La Bastilla, pasa por el templo de los Hare Krisna, en Veracruz, por quienes siente una gran admiración debido a su conciencia espiritual; además, este es su lugar de almuerzo vegetariano de muchos días.

En el pasaje La Bastilla, Juan mira algunos “libros piratas” de espiritualidad y otros para regalar. Luego de recorrer varios lugares, termina el famoso “tour del centro”, uno de sus favoritos.

Entrando la noche, y como si el tiempo de Juan durara más que el de cualquier persona, se dirige al gimnasio El Molino. Allí, para terminar su día, hace un rato de ejercicio y nada en la zona húmeda, donde deja ver el gran tatuaje que tiene en el brazo, compuesto por un timón, el dios del mar, un águila, un tiburón y una sirena, lo que le recuerda sus experiencias como marinero alrededor del mundo, los 11 años que vivió de la pesca, como ermitaño en bahía solano y le corrobora que es un hombre del mar. Se encuentra con Guillermo Pérez, un monje nóstico experto en reiki y yoga por el que siente una profunda admiración. Entre conversaciones y natación termina oficialmente su día.

Juan se come una hamburguesa en Kit Koff, pues ya está cansado de cocinar. Vuelve a su cabaña campestre sin electricidad, donde lo esperan un Pastor Alemán, un Labrador y un Golden Retriever de la unidad vecina “estrato 116”, pues no se pueden resistir al calor de la chimenea y a la comida para cachorros que Juan les deja en el día. “No traigo mucha gente aquí porque esto es enamorador, es una cabaña de duendes”. Allí enciende unas cuantas velas, toma un baño de agua caliente, reza un rato y finalmente se duerme, después de un agitado día, esperando lo que traerá el siguiente.

jueves, 15 de octubre de 2009

Los espíritus tienen aspecto de gente normal


Zahra al-assad, también conocida como Flor, es una persona con una capacidad especial: puede ver el aura, comunicarse con los espíritus, desdoblarse y curar con las manos. Eso por lo menos es lo que asegura.

Aunque realizar esta labor no ha sido fácil, afirma que su misión es ayudar a la gente y por esto debe continuar haciéndolo a través de este poder especial que, dice, ha tenido desde pequeña.

Vive en Medellín con su esposo y sus tres hijos. Por su ascendencia árabe y creencias musulmanas, viste con mantos y asiste a ceremonias de su religión en la ciudad. Acepta todas las creencias por igual y considera que sólo existe un Dios, el mismo que le permite ejercer su don.

Flor sostiene que desde pequeña ve una luz alrededor de las personas, la cual varía su color, y aunque su familia consideraba que estaba loca, más tarde entendió que se trataba del aura, es decir, la energía que rodea a las personas.

Desde ese momento, empezó a comprender el significado de los diferentes colores; por ejemplo, el rojo significa odio o envidia; el rosa, amor; el verde, paz interior y el negro muerte, entre otros. Ve el aura en todas las personas, algo inherente a ella y que, de esta forma, puede conocerlas mejor y ayudarlas con sus problemas.

Cuenta que lo más duro en su niñez fue ver espíritus y que le costó adaptarse, aunque ahora los reconoce como personas normales, cuyo aspecto es igual al de un ser humano, con la única diferencia de que son espíritus, pues sus pies están a 10 o 15 centímetros por encima del suelo.

“Son personas normales, no son blancos ni ensangrentados como se muestran en las películas”, afirma. Manifiesta que los espíritus se comunican a través de ella para enviarles mensajes a sus seres queridos.

En este momento de su vida está segura de que la muerte es sólo otro estado y esto lo trata de explicar a quienes la buscan para hablar con sus seres fallecidos.

¿QUÉ HA SIDO LO MÁS DIFICIL?

“Ante todo soy humana, a veces la gente se olvida de eso”. Para Flor, lo más importante es ayudar, pero muchas veces se aprovechan de ella por los poderes que dice tener.

Afirma que no le gusta cobrar, pero que aún así lo necesita para vivir: “Si tuviera otro trabajo estable no cobraría, pues la gente muchas veces piensa que mediante el dinero me pueden obligar a hacer lo que ellos quieran y yo sólo hago cosas guiadas por Dios”.

Dice que ha tratado de salirse de esa labor, pues las energías malignas que actúan sobre su cuerpo hacen que se enferme o no se sienta bien, pero cada vez que trata de salirse le llega una tarea más grande que no puede evadir.

Advierte que sus poderes no pueden estudiarse pues pertenecen al espíritu y no al cuerpo y sólo quienes pueden verlos pueden constatar su verdad.

OPINIÓN DE LOS EXPERTOS
El teólogo y sacerdote León Villegas R. afirma que toda esta clase de “brujería” no hace más que prestarse para malentendidos, pues debilita y hacer dudar la fe, que siempre debe estar puesta en Dios.

Expresa que si la medicina no acepta esto, mucho menos la Iglesia Católica, ya que no es una fe integral sino una serie de fenómenos paranormales a los que no les encuentra explicación alguna. “El único que sabe el futuro es Dios”, concluye, al dejar en claro su posición al respecto.

Desde el punto de vista médico, el psicólogo Juan Carlos Posada explica que la rama que estudia esta clase de fenómenos es la parapsicología. No obstante, sostiene que de cada 100 casos, 99 se consideran farsantes y estafadores y sólo uno sería posible diagnosticar con un poder especial.

Explica que a estas personas “especiales” se les hacen varias pruebas de laboratorio para ver si realmente tienen capacidades paranormales, pero a pesar de esto no se ha encontrado explicación alguna. A veces se cree que glándulas como la hipófisis, la pituitaria o el timo se encuentran más desarrolladas, lo cual genera que estas personas tengan una mejor percepción, mayor audición o mejor visión.

De manera científica no se ha encontrado una respuesta concreta a estos fenómenos, que incluso son con frecuencia criticados por la psicología, que suele considerarlos más una clase de circo que un poder real.

martes, 19 de mayo de 2009

El duende del aire

Detrás de un pelo castaño ondulado y una piel bronceada por el sol se esconde un hombre de espíritu joven, alma aventurera y corazón valiente. Luis Fernando Cruz Palacio, más conocido como Luisito, es un parapentista de 47 años a quien al conocerlo es inevitable restarle 10 físicos y 10 mentales.
Aunque practica el parapentismo hace 20 años, cada que levanta vuelo parece hacerlo con la emoción que depara la primera vez. La adrenalina le corre por las venas al despegar, pero luego en el cielo se dedica a volar como un pájaro, llevando sus sueños y los de las demás personas a hacerse realidad
Su personalidad alegre, divertida y un poco infantil fusionada con su pelo largo, ojos brillantes color miel y algunos aretes en sus orejas llenan el lugar donde se encuentre. Su vida pertenece al aire, lugar donde pasa la mayor parte del tiempo. En sus horas “laborales”, Luisito se dedica a dar clases y vuelos en San Félix, Antioquia, y en su tiempo libre se dedica simplemente a vivir, volar y disfrutar.
Este hombre de aspecto delgado y estatura promedio odia la vida de oficina y la rutina, el negativismo y la mala energía; ama la libertad, el cielo y el espíritu de los niños. A pesar de que su vida no ha sido la más fácil es un ejemplo a seguir, un paradigma en otro contexto de realidad, un alma joven y soñadora.
Luisito es una persona positiva, casi siempre se le ve con la energía de un joven y por eso luce un aspecto tan radiante. Es una persona con un gran carisma, que donde llega encanta el lugar como si proviniera de otro mundo, tal vez un duende: un duende del aire.

viernes, 15 de mayo de 2009

Otraparte: el eterno presente de Fernando González

Su espíritu se siente en todo el lugar, invadiéndolo de tranquilidad, armonía y metafísica. Cada objeto significa su presencia y su existir, cada libro parece hacerlo revivir y contar historias como cualquier abuelo de su época. El tiempo le conmemora corriendo más lento, como si le prohibiera envejecer o morir en la mente de quienes aún lo recuerdan; su casa permanece intacta, sólo basta con dejarse llevar por los recuerdos, imaginados por la percepción de los sentidos, para conocer al gran filosofo de Otraparte.

Fernando González Ochoa: escritor, político, abogado y filósofo colombiano, es más conocido como el filósofo de Otraparte. Nació en Envigado, en 1895 y murió en 1964 en la misma ciudad. Paisa de corazón, filósofo por pasión y rebelde con causa; influenciado por pensadores existencialistas como Schopenhauer y Sartre, pero sin perder nunca sus raíces en Carrasquilla. Su obra influyó notablemente en la creación de una nueva corriente ideológica llamada el nadaísmo. La Corporación Otraparte es la encargada de conservar su obra y memoria, es considerada patrimonio cultural del país y está ubicada en la que fue su casa durante sus últimos años de vida, logrando que el intelectual colombiano sea cada vez más recordado que olvidado en el baúl de los recuerdos de la mente. El Café de Otraparte se ubica detrás de la Casa Museo, en la casita que Fernando González utilizaba como biblioteca y para guardar sus herramientas.

Otraparte es el eterno presente. Una casa antigua, típica del campo antioqueño, permanece en medio del corazón de cemento de un municipio tan poblado como Envigado. Los carros de quienes no dejan morir a Fernando González se encuentran en el parqueadero de piedras grises y, reiteran que sus amigos lo visitan con frecuencia. La fachada de la casa está intacta. Las paredes de bahareque y los tonos tierra reciben al público ofreciéndole un corredor amplio, ventanales abiertos, aire fresco, un pequeño lago y algunas mesas dónde tomarse un café, conversar, leer o filosofar; pues la parte exterior del lugar es ahora un pequeño y tranquilo café bar, acompañado del compás de la naturaleza que mantiene vivo el espíritu del hogar.

En el atardecer de un lunes como cualquier otro, en medio del tráfico y la acelerada modernidad, Otraparte abre sus puertas al público: un segundo hogar, una salida hacia otra dimensión. No es un simple bar de viernes, es un lugar tan mágico que quienes lo frecuentan lo hacen cualquier día a cualquier hora, se convierte en una necesidad para el alma. El espíritu permanece: un hombre, mientras se dedica a mirar en su interior, observa detenidamente el lago con peces dorados que rompe la monotonía de la casa. Una pareja dialoga cerca de la cocina mientras se toma un café y unos amigos se divierten tomando cerveza en el corredor sin prestar mayor atención al lugar pero, sin darse cuenta, envueltos por el sentido de pertenencia y familiaridad que se respira en el hogar del filósofo colombiano.

Un poco más adentro se encuentra la cocina, abierta hacia el corredor, adecuada ahora para servir las bebidas que ofrece el bar. Seguramente el filósofo se sentiría feliz de prestar su hogar para servirle de anfitrión a quienes, más que sus clientes, son sus amigos, admiradores y lectores. Al corredor se une la gran biblioteca de Fernando González. Su amado salón de letras es un espacio único, un ambiente diferente, tal vez la parte más querida de la casa por quien fue su dueño hace 45 años; allí hasta las mesas del bar cambian su estilo para convertirse en sofás y mesas de madera que hacen mucho más ameno y característico el salón.

Cuando la magia de la noche envuelve el cielo del lunes, los visitantes de Otraparte empiezan a llegar con más frecuencia. Al cabo de una hora, el bar se encuentra con casi todas sus mesas ocupadas. La energía del filósofo se hace cada vez más fuerte en el ambiente, como si se alegrara por el espacio que le ha conservado la historia e hiciera todo lo posible por irradiarlo. Allí, la paz, la tranquilidad, el buen ambiente y la fraternidad se unen en armonía con la buena música para hacer de Otraparte un lugar único en la ciudad.

Los meseros visten delantal y boina roja, representando la personalidad bohemia de Fernando González y dándole un toque personal al café. Pero lo más característico del lugar es la carta de bebidas. Se puede confundir fácilmente con un libro o la biografía del filósofo, pues cada bebida tiene un nombre y una historia relacionados con su vida, sus anécdotas y sus escritos. La literatura abunda por doquier. Allí el público no se toma un café ópera o un brownie con helado; lo más probable es que pida un Tomás Carrasquilla, una Doña Gerúndula o tal vez al propio Fernando González como bebida principal.

El interior de la casa permanece abierto al igual que el bar. Ninguna puerta o pared impide conocer la vida transparente del filósofo colombiano. Su alma permanece en disposición al público; un olor a flores y a objetos que el tiempo ha añejado se levanta desde la parte trasera de la casa, recordando que lo material perece pero lo intangible perdura. La que posiblemente fue su sala o alcoba es ahora un pequeño salón de cine donde se presentan videos, se realizan conferencias y debates, y es considerado un espacio cultural importante de la ciudad. Una bicicleta antigua, una vieja máquina reproductora de video y varios recuerdos hechos materia decoran la casa ratificando la antigüedad del lugar, pues los baños, ubicados en la parte trasera, han sido modificados bastante acorde con la vanguardia y el diseño de interiores actual y puede pensarse que el lugar fue construido recientemente.

En Otraparte el único requisito es ser libre y relajarse. Un lugar donde no existe el tiempo ni es necesario ver para conocer, solo imaginar. Una droga inocua, una liberación del espíritu. El lugar perfecto para pasar una tarde agradable, leer, tomarse un café o estar con los amigos acompañado del gran filosofo de Otraparte, Fernando González Ochoa.