domingo, 23 de mayo de 2010

94 años de juventud

Hay quienes le temen a la vejez aun más que a la muerte. También quienes hacen todo lo posible para no llegar a ella, como si fuera sinónimo de sufrimiento, soledad o enfermedad. Sin embargo, hay una mujer a quien todos ellos deberían conocer: una mujer que además de que la vida le dio el regalo de vivir 94 años junto a una gran familia, no le pasan los años; una mujer que permanece estática en el tiempo, viendo como todo transcurre, deviene, nace y muere. Una mujer que es hermosa en su naturalidad, goza de completa salud y que cualquiera, sin importar la edad, envidiaría su condición de vida y felicidad.

Esperanza Roldán Mejía nació en Titiribí, Antioquia, el 10 de noviembre de 1915, siendo la menor de cuatro hermanos. Su madre, María Teresa Mejía murió de angina cuando ella nació. Su padre, Jesús Antonio Roldán, murió al poco tiempo, por lo que sus hijos tuvieron que tomar rumbos diferentes y sólo se reencontraron muchos años después: a su hermana María Antonia la llevaron a un internado; a María luisa donde Teresita Arango Uribe, una señora soltera muy adinerada. José María, su hermano, estuvo en muchos lugares y casi no se sabía nada de él.

A Esperanza la llevaron a casa de su tío Ramón Roldán en Sabaneta, a la edad de tres años. Sin embargo, allí le pegaban mucho, por lo que se fue a vivir por cuenta propia a la casa de los vecinos donde pasaba la mayoría de las tardes: el profesor José María Ceballos y su hija, Lucrecia. Fue ahí donde finalmente pudo encontrar un verdadero hogar luego de unos años tan difíciles. Al poco tiempo, José María se casó y se fue de la casa, por lo que Esperanza se quedó viviendo con su hija Lucrecia, pasando la mayoría del tiempo ayudando en los quehaceres domésticos. Lucrecia se casó con Antonio Escobar, más conocido como Toño.

La casa de los Ceballos era una construcción típica antioqueña: una casona grande de bareque pintada de verde, con piezas amplias, corredor y un solar que llegaba hasta la quebrada La Doctora. Esperanza recuerda que había un mico llamado Macario que le hacía la vida imposible. “Yo pasaba corriendo a coger mandarinas o naranjas y se me olvidaba que el mico estaba ahí y me rompía los vestidos, me rayaba y me volvía nada”. También recuerda que era una persona muy aliviada, y que la única vez que estuvo en la clínica fue cuando se le derramó un agua hirviendo en el estómago, pero el percance no pasó a mayores. No tuvo fiesta de primera comunión, pasó el día con un vestido prestado, y aunque nunca tuvo muñecas ni juguetes y solamente la entraron a estudiar por seis meses, para ella los Ceballos fueron su familia y un buen hogar donde pudo pasar su niñez.

Durante la juventud, Esperanza salía con sus mejores amigas: Clementina Vásquez y Tulia Mesa, con quienes iba a arreglar la iglesia de Sabaneta y a repartir insignias los domingos en un kiosco: unas pequeñas tarjetas que se pegaban junto con un clavel en el saco de los hombres. Ella era una joven muy hermosa y bastante pretendida por los hombres, que incluso tuvo tantos novios que le es imposible recordar el número. Especialmente recuerda al Mono Sierra, quien la conoció en el kiosco, cuando tenía 16 años, y le pidió que se casara con él. Esperanza aceptó sin estar enamorada, por lo que luego se puso a pensar en cómo se iba a casar con un hombre que ni sabía bien quién era y se arrepintió de la decisión. Cuando el Mono llegó, ella le contó la nueva noticia, que no fue para nada de su agrado y le dijo: “Usted tiene que ser mía porque ya me dio la mano”. A lo que Esperanza respondió: “no, uno le da la mano a todo el que saluda”, lo que hizo que se pusiera aún más furioso. Esperanza pasó mucho tiempo sin salir por miedo a su reacción, pero luego se lo encontró en la calle finalmente aclararon la situación.

Poco tiempo después, a los 18 años, Esperanza tuvo un novio llamado Jorge Palacio, quien trabajaba en Curtimbres Sabaneta, (donde queda actualmente el éxito) y vivía cerca de su casa. “Él era muy bien vestido pero no tan apuesto”. Sin embargo, durante la relación con Jorge, la familia Ceballos decidió irse a vivir a Salgar, Antioquia, por lo que Esperanza debió irse con ellos. Allí tuvo una relación con un ganadero muy apuesto, pero sólo duró un mes, pues Jorge fue a buscarla para pedirle que se casaran, luego de aguantar un largo viaje en tren, y fue quien finalmente logró obtener su mano.

Esperanza se devolvió a Medellín para realizar los preparativos del matrimonio. Por ese tiempo, se fue a vivir donde las hermanas de Toño Escobar por un mes. Sin embargo, no recibió ninguna ayuda de la familia Ceballos para su matrimonio, ni siquiera un regalo. Por el contrario, las primas de Jorge fueron quienes se encargaron de atenderla e incluso fabricarle todo el ajuar necesario para casarse. “Si hay buenos puestos en el cielo, allá está esa familia”.

Cuando todo estuvo listo, se llevó a cabo el primer matrimonio de la iglesia de Sabaneta, hecho que siempre va a ser recordado tanto por su familia como por la gente del barrio. Esperanza y Jorge hicieron historia. Los matrimonios se hacían regularmente en Envigado, pero ellos lograron hablar con obispos que finalmente les concedieron el honor de ser la primera pareja en casarse en esa iglesia.

La pareja se fue a vivir a una casa que les prestó Rubén, el hermano de Jorge: una casa campestre en Sabaneta, donde esperanza recuerda especialmente a las brujas que les hicieron la vida imposible, mujeres que estaban enamoradas de su esposo. “se sentían ruidos, nos tiraban los cristales al suelo, y cuando mirábamos todo estaba en orden, sentíamos taconeos por el corredor, nos apagaban una lámpara que le prendíamos a san Cayetano, se reían duro en el gallinero… y no fue sino casarnos para todo eso.” Ella recuerda esa etapa como algo horrible, pero finalmente le dieron la receta: debía poner cuchillos y tijeras debajo de la almohada, decir palabras en voz alta y no mostrar miedo. Desde que hicieron eso las brujas no volvieron a aparecer, pero para la familia fue una época muy dura, donde ni siquiera podían dormir tranquilos.

La familia habló con Rubén y le explicó que no querían seguir viviendo ahí por lo sucedido con las brujas. Rubén les dijo que se pasaran tranquilos, que él les ayudaba a pagar una casa en otra parte. Esperanza y Jorge se fueron a vivir a una casa en el parque de Sabaneta, pero la ayuda económica de Rubén sólo duró un mes. Por el contrario, le ayudó a Jorge a conseguir un puesto como maquinista en el Ferrocarril de Antioquia para poder pagar la casa. Desde ese momento, la vida de Esperanza dio un gran cambio, pues su esposo estaba la mayor parte por fuera de la casa y ella se quedaba sola en la casa.

A los pocos años nació Guillermo, su primer hijo, quien fue muy enfermo en su niñez. Fue atendida por una vecina que era partera, como era lo habitual. Jorge no estuvo en su nacimiento, como en el de casi ningún otro hijo debido a su ocupada labor. Al año, volvió a quedar en embarazo de Darío y al año siguiente de Gabriel, sin ninguna complicación. Cuando iba a tener a su cuarto hijo, la partera se dio cuenta que eran gemelos, por lo que sólo fue capaz de sacar al primero. Jorge, que se encontraba en la casa en ese momento, fue corriendo en plena tempestad a pedir prestado el único carro de Sabaneta al señor Jorge González para recoger a un médico en Envigado, pues esperanza estaba perdiendo mucha sangre y el niño se estaba muriendo. El médico logró sacar al segundo niño, pero ya estaba muerto.

- ¿Era niña? Preguntó Esperanza.

- No, era un hombre, contestó el médico.

- -¡Ah! ¡Siquiera se murió, otro hombre!

La familia quería tener una niña. Al poco tiempo esperanza quedó en embarazo y nació Luz Elena, ayudada esta vez por un médico. Ella se convirtió en la más querida sobre todo por su padre. “Jorge era muy bravo, pero no se puede hablar de él delante de Luz Elena porque se pone brava.” Dice Esperanza. Con la nueva hija, esperanza se pudo tomar un poco más de tiempo para criarlos sin quedar en embarazo tan rápido. Mantenía una empleada que le ayudaba. “Ligia era un amor, hasta se llevaba a los niños los domingos para la casa de ella”.

A los dos años quedó en embarazo nuevamente y nació Yorgi, un nombre que la cautivó desde que lo escuchó la primera vez. Sin embargo, el cura le dijo que no lo podía llamar así porque no era un nombre español, por lo que lo llamó Jorge, pero para su familia siempre será Yorgi. Al poco tiempo volvió a quedar en embarazo. Cuando se acercaban los nueve meses, se levantó a las 12: 00 de la noche, se dirigió a la cocina a calentar agua debido a los dolores, y para su sorpresa, en niño nació en ese momento: se le cayó al suelo en la cocina. Pero no pasó a mayores, Álvaro fue un niño sano como todos sus hermanos.

Esperanza no quería tener más hijos, pues consideraba que con esos ya era suficiente, por lo que se dirigió donde el cura de Sabaneta para pedirle algún consejo o método de planificación. El único que estaba permitido era el de la iglesia: tener relaciones antes y después de la menstruación, pero para Esperanza era imposible, pues Jorge llegaba de manejar el tren en cualquier momento.

-Padre, yo ya no puedo más, ¿con que planificara yo para no tener más hijos?

-Los que no va a tener aquí los va a parir a los infiernos- le respondió el cura, y Esperanza no tuvo nada más que hacer.

La familia se fue a vivir a una casa grande en el barrio Mesa, en Envigado que costó 5.000 pesos, con piso de baldosa y baños de inmersión. Ahí Nacieron Irene, Rubén, Olga, Mariana, y Ramiro. Ángela fue la única que nació en un hospital con todas las comodidades, pues el doctor se lo recomendó. “No me dolió nada, así puedo tener otros diez hijos” dice Esperanza. En el barrio Mesa también tuvo dos abortos. “Ligia se había ido para sabaneta con los niños, cuando yo estaba trapeando el corredor y me empezó a salir mucha sangre, pero de milagro llegó Jorge en ese momento a llevar el pago, por lo que le tocó correr por el doctor Restrepo, quien terminó de sacarme todo, pero yo no sabía que estaba en embarazo.”

Los niños crecieron en el barrio Mesa junto a Esperanza, Jorge continuaba con su trabajo como maquinista. Los hombres estudiaron en la escuela Fernando González de Envigado, y las mujeres en la Pío XII. Era un hogar libre, donde estudiar era elección de cada uno. Años más tarde, Guillermo se dedicó a trabajar para ayudar en la casa, Gabriel y Álvaro estudiaron ingeniería de minas en la universidad Nacional, Irene fue religiosa y más tarde estudió enfermería, Mariana diseño y sistemas; Olga era delineante y Ángela administradora.

Cuando la mayoría de sus hijos se casaron, en 1987, Olga empezó a ahorrar para comprar un apartamento nuevo. Se pasaron a vivir a El Portal del Valle, a un edificio muy acogedor en Envigado. Allí se fueron a vivir Esperanza, Jorge, Olga y Ángela luego de vender su casa en el barrio Mesa.

Al estar viviendo en El Portal, a Olga le contaron que iban a regalar a una niña de concordia porque su madre la abandonó. Esperanza apenas supo la noticia decidió acogerla en su casa como una hija más. Cuando llegó, “Angelita” estaba completamente desnutrida, no conocía un cepillo de dientes, era muy pobre y acostumbrada a la vida en el campo, incluso había comido pasto. Parecía de diez años pero tenía quince. Apenas acababa de llegar cuando hubo una gran tragedia en la familia: en 1987 mataron a Rubén en el depósito de materiales donde trabajaba, por robarle. Fue un golpe muy duro que sólo el tiempo junto con la unión lograron superar. En el hogar de los Palacio Roldán, Angelita estudió en el colegio Teresiano y luego entró a la Remington a estudiar Gerontología, para cuidar ancianos.

En el 2002, a Olga le descubrieron cáncer de hígado, lo que fue otro golpe muy duro para la familia. Angelita la cuidó todo el tiempo hasta su muerte dos años después. En el 2003 murió Jorge luego de trabajar toda su vida. “murió de viejo”, dice Esperanza. Aunque todos dejaron un gran vacío, la familia demostró que estando unida se pueden superar todas las adversidades.

Angelita nunca terminó la carrera, y la situación con sus novios se estaba volviendo muy difícil de manejar por la diferencia de edades entre ella y Esperanza. Luego de haber vivido quince años allí, Angelita decidió irse dejando una carta de agradecimiento a toda la familia. Pasó mucho tiempo sin que ella volviera a visitarlos, ni se supiera casi nada de ella, pues le daba pena el haberse ido así. Sin embargo, al cabo de un tiempo, volvió a visitarlos y aún en la actualidad va con frecuencia.

Con la partida de Angelita fue muy difícil encontrar quien cuidara a Esperanza, pues ya todos los hijos se habían casado y ella vivía sola, como se le prometió que siempre iba a ser la “reina de la casa”. Por la casa pasaron muchas empleadas que no permanecían mucho tiempo, pues era una casa donde iba mucha gente todo el tiempo: hijos, nietos, sobrinas, bisnietos, yernos y nueras la visitaban a diario. En el 2002, Luz Elena sufrió una crisis económica, por lo que se acordó que se fuera a vivir, junto con su familia, a la casa de su madre.

Ahora, a sus 94 años, Esperanza vive con Luz Elena; su esposo Alberto; y su hija, Catalina, quienes además de acompañarla la cuidan y están pendientes de ella. Esperanza se levanta a las 10:00 de la mañana, se toma un jugo de papaya y un omeprazol. Reza varias oraciones, rosarios y novenas. Antes del almuerzo se baña con la ayuda de Luz Elena, se echa crema de manos en todo el cuerpo y se viste. Luego se sienta en la sala a continuar con sus oraciones diarias. Almuerza algo liviano y hace la siesta a las 3:00 de la tarde, luego se levanta a rezar la Divina Misericordia. Luego se sienta en la sala a esperar a su familia, que la visita a diario, para jugar dominó. La noche pasa entre juegos, risas y conversaciones, donde esperanza espera ser la reina del dominó por ganar diez juegos seguidos; todos juegan con ella pero muy pocos le ganan. A las 9:00 de la noche se acuesta con la ayuda de un medicamento con el que duerme placenteramente toda la noche.

A Esperanza le gusta mucho salir, sus lugares favoritos son la finca de su hijo Ramiro en San Jerónimo y la casa de su hija Irene, en El Retiro. Siempre está lista para un paseo. Los fines de semana van a su casa “las viejitas de la comunión” a darle la hostia santa. También recibe a Angelita, que con todo el gusto y la gratitud la va a visitar como una hija más.

Entre sus comidas favoritas están las gomitas y el helado, que le gusta ofrecerle a todo el que va a visitarla. Tiene el azúcar perfecto, condición que envidiarían muchos menores que ella. Reza para que gane el Deportivo Independiente Medellín, equipo del que se declara hincha. Habla de política, cree fielmente en Dios y en santos como Santa Rita y el Señor de Buga, pero afirma que Santa Marta no sirve para nada. Esperanza es una persona totalmente lúcida, que sostiene cualquier conversación con el carisma que la caracteriza. Desde que murió su hija Olga, tiene una fundación con la ayuda de su nuera donde se reparten alrededor de 200 mercados mensuales a familias muy pobres, pues ayudar es algo que siempre la ha hecho feliz. Siempre tuvo claro que no iba a cuidar nietos, a pesar de todo lo que los quiere, “los traen con ustedes, pero no me los dejan”, dice. Siempre estrena ropa en las fechas especiales y la vanidad y el cuidado de su piel con cremas son algo que todavía está entre sus prioridades.

“Mi abuela es un ejemplo de bondad, es la muestra de que una familia unida puede superar cualquier problema. Se preocupa mucho porque todos estemos bien atendidos cuando vamos a la casa, es una excelente anfitriona. Se sabe los nombres de todos; se preocupa y reza porque todos estén bien. Ella es la columna vertebral de la familia, sin ella no seríamos una familia tan grande y tan unida, lo que es tan difícil de encontrar hoy en día. Todo es gracias a ella.” Comenta Esteban Quiceno, uno de sus nietos.

Esperanza tiene el cabello blanco y corto, todavía con algunas señas de negro azabache. Es una persona de contextura gruesa que se mantiene elegantemente vestida. Siempre usa aretas, reloj y accesorios que la hagan ver mejor. Su piel es suave, delicada; con unas pocas arrugas que han dejado marcadas tanto el paso del tiempo, tan lleno de alegrías y tristezas, de triunfos y derrotas, como 25 nietos y 12 bisnietos. Cualquiera anhelaría su aspecto tan vital, incluso es inevitable restarle al menos 20 años al conocerla. Esperanza tiene el aspecto de una abuela, solamente que no usa gafas porque ve casi a la perfección. En sus ojos se ven reflejados 94 años de vivencias e historias, que han hecho de ella un roble forjado por los años, cuya misión aún no termina.

1 comentario:

  1. Es una cronica de la mas alta calidad,me transporta, solo alguien con mucha capacidad es capaz de hacer esto, no se cuanto has publicado pero estoy segura que seras famosa, porque grande ya lo eres.

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